
Dirigida por Greg Richardson y estrenada en 2006 con el título original Barbie in the 12 Dancing Princesses, Barbie y las 12 princesas bailarinas presenta un reino rígido y silencioso donde la alegría ha sido reemplazada por reglas estrictas. La historia comienza cuando el rey decide imponer un control absoluto sobre sus doce hijas, prohibiendo la música y el baile tras la pérdida de su esposa. Desde el inicio, la película plantea un conflicto entre la autoridad impuesta y la necesidad de expresión emocional.
Genevieve, la séptima princesa, se convierte en el eje emocional del relato al intentar mantener unidas a sus hermanas. Con spoilers claros, la película muestra cómo su liderazgo no se basa en el poder, sino en la comprensión y el cuidado mutuo. Genevieve entiende que el baile no es solo diversión, sino una forma de sanar heridas y mantener viva la memoria de su madre. Su fortaleza radica en escuchar y proteger a quienes ama.
Las doce princesas encuentran refugio en un mundo mágico al que acceden a través de flores encantadas. Allí, el baile se convierte en un lenguaje compartido que fortalece su vínculo. Con spoilers evidentes, se revela que este mundo paralelo no es solo un escape, sino una fuente de energía que mantiene el equilibrio del reino. La conexión entre las hermanas demuestra que la unión y la armonía pueden sostener incluso los secretos más delicados.
El antagonismo surge a través de la ambición de Rothbart y su hija, quienes buscan aprovechar la energía del mundo mágico para obtener poder. Con spoilers claros, la película muestra cómo la traición se infiltra en la corte, debilitando al rey y poniendo en riesgo a las princesas. Este conflicto revela que la verdadera amenaza no proviene del baile, sino del deseo de controlar aquello que no se comprende.
El punto de quiebre llega cuando el rey descubre la verdad detrás de la prohibición y comprende el daño que ha causado al intentar proteger a sus hijas mediante el control. La película subraya que la confianza no se impone, sino que se construye a través del diálogo y el respeto. Este reconocimiento permite que las princesas recuperen su voz y su espacio dentro del reino.
Barbie y las 12 princesas bailarinas concluye con la restauración de la armonía familiar y del reino. El final celebra el baile como una forma de expresión, sanación y libertad, dejando una enseñanza clara: reprimir la alegría no protege, solo apaga. Con un cierre emotivo y esperanzador, la película refuerza el valor de la unión, la empatía y la libertad de ser uno mismo.