
Dirigida por Peter MacDonald y estrenada en 1998 con el título original Legionnaire… la película sitúa su inicio en el mundo clandestino del boxeo ilegal, donde Alain Lefevre intenta escapar de una vida controlada por mafiosos y de una traición que lo condena. Tras un intento fallido de huida y una brutal represalia, Alain se ve obligado a desaparecer por completo, aceptando una identidad nueva al alistarse en la Legión Extranjera Francesa. Interpretado por Jean-Claude Van Damme, el personaje no busca gloria ni redención, solo sobrevivir a las consecuencias de sus decisiones.
El contraste entre el ring y el desierto africano marca un cambio radical en el tono del relato. Alain pasa de luchar por dinero a luchar por disciplina y obediencia, en un entorno donde la individualidad no existe. La Legión se presenta como un espacio despiadado, donde el castigo físico y psicológico es constante. La película muestra cómo Alain, acostumbrado a pelear solo, debe aprender a resistir sin destacar, ocultando su pasado mientras el entrenamiento lo empuja al límite de su resistencia.
Dentro de la Legión, Alain se cruza con hombres tan rotos como él, cada uno huyendo de algo distinto. La convivencia en condiciones extremas genera una camaradería que no nace del afecto, sino de la necesidad. Las marchas interminables, el hambre y la amenaza constante del enemigo externo obligan a los legionarios a confiar unos en otros. La película deja claro que la hermandad no es una elección, sino una consecuencia directa de compartir el mismo infierno.
Cuando la unidad es enviada al frente, la supervivencia deja de ser una metáfora. Los enfrentamientos armados exponen la fragilidad de hombres entrenados para no sentir. Alain demuestra que su experiencia en el combate cuerpo a cuerpo no lo convierte en un héroe, sino en alguien que entiende demasiado bien el precio de la violencia. Cada pérdida dentro del pelotón erosiona la idea de que la Legión pueda ser un refugio definitivo.
El clímax no ofrece una victoria gloriosa. Alain se enfrenta a su pasado de forma indirecta, aceptando que no puede escapar eternamente de quien fue. La redención, si existe, no llega en forma de reconocimiento, sino en la aceptación del sacrificio y la lealtad hacia sus compañeros. La película evita idealizar la guerra y presenta la supervivencia como una carga que se arrastra, no como un premio.
Legionario cierra con un tono sobrio y melancólico. Alain no emerge transformado en un héroe clásico, sino en alguien que ha aprendido a resistir sin huir. La película ofrece uno de los papeles más contenidos de Jean-Claude Van Damme, alejándolo del exceso para mostrar a un hombre marcado por la culpa y el cansancio. Más que una historia de acción, es un relato sobre la identidad que se pierde y se reconstruye a través del sacrificio silencioso.