
Dirigida por Darren Aronofsky y estrenada en 2008 con el título original The Wrestler… la película se centra en Randy “The Ram” Robinson, una antigua estrella de la lucha libre que sobrevive actuando en combates de bajo nivel frente a públicos cada vez más pequeños. Su cuerpo está lleno de cicatrices, dolores crónicos y secuelas irreversibles, pero su mente sigue anclada a los aplausos de otra época. Interpretado por Mickey Rourke, Randy es presentado como un hombre cuyo pasado glorioso es también su mayor condena.
Lejos del espectáculo, Randy enfrenta una realidad mucho más cruel. Trabaja en un supermercado, intenta seguir reglas simples y descubre que el mundo cotidiano le resulta más ajeno que el ring. La película observa con crudeza cómo alguien construido para el exceso y la violencia escénica se desmorona ante la normalidad. Aronofsky no suaviza el contraste: el silencio del pasillo del mercado pesa más que cualquier golpe recibido en combate.
En medio de su soledad, Randy encuentra consuelo en Cassidy, una stripper interpretada por Marisa Tomei, con quien comparte una conexión honesta basada en la vulnerabilidad mutua. Ambos viven de personajes que dejan de existir cuando se apagan las luces, y esa coincidencia los une. Sin embargo, cuando Randy intenta cruzar la línea entre fantasía y realidad, la relación se resiente, revelando que no todos están preparados para sostener una intimidad real fuera del escenario.
La historia también aborda la relación fallida de Randy con su hija Stephanie. Tras años de ausencia, intenta recomponer el vínculo, pero el daño acumulado pesa más que las buenas intenciones. Cada encuentro evidencia que Randy no sabe cómo ser padre sin un público delante. La película no ofrece reconciliaciones fáciles, mostrando que algunas ausencias dejan marcas imposibles de borrar.
Un infarto obliga a Randy a replantearse su vida. Los médicos le advierten que volver a luchar puede matarlo, pero lejos de liberar al personaje, esta advertencia lo enfrenta a su mayor miedo: dejar de ser quien es. El ring no es solo su trabajo, es el único lugar donde se siente completo. La película construye esta tensión sin dramatismos innecesarios, dejando que la decisión final pese como una sentencia inevitable.
El luchador concluye con un final abierto y devastador. Randy decide subir una vez más al ring, consciente del riesgo, impulsado por el deseo de sentirse vivo aunque sea por última vez. El salto final no busca victoria ni redención, solo autenticidad. Aronofsky firma una obra íntima y dolorosa sobre la identidad, el desgaste y la imposibilidad de reinventarse cuando todo lo que sabes hacer es entregarte al aplauso, incluso si ese aplauso puede ser el último.