
Dirigida por Lotfy Nathan y estrenada en 2025 con el título original The Carpenter’s Son, la película sigue a un carpintero sin nombre (Nicolas Cage) que huye junto a su hijo, “el niño” (Noah Jupe), y la madre del pequeño (FKA Twigs) mientras soldados romanos los persiguen sin descanso. Refugiados en paisajes áridos y aldeas abandonadas, la familia intenta sobrevivir en un mundo hostil donde la fe comienza a resquebrajarse y el miedo se vuelve constante.
El carpintero vive consumido por la rabia y el agotamiento. Su mirada siempre tensa refleja a un hombre espiritualmente derrotado, incapaz de encontrar respuestas en medio del sufrimiento. Su lucha no es solo contra los soldados, sino contra sus propias dudas, preguntándose si todavía existe un propósito en proteger a su familia cuando todo parece perdido.
El hijo permanece en silencio la mayor parte del tiempo, observando el mundo con ojos llenos de temor. Se insinúa que fuerzas oscuras lo están poniendo a prueba, aunque nunca queda del todo claro qué significa eso ni cuál es su verdadero papel. Esa ambigüedad convierte al niño en una figura inquietante, atrapada entre la inocencia y algo mucho más perturbador.
La madre aparece como una presencia frágil, casi fantasmal, desplazándose entre escenas sin lograr afirmarse del todo. Su silencio pesa tanto como su ausencia emocional, reforzando la sensación de aislamiento que rodea al grupo. La película la utiliza más como símbolo que como personaje, acentuando la frialdad del relato.
La historia apuesta por una reinterpretación oscura de figuras sagradas, transformando el viaje familiar en un thriller sobrenatural cargado de simbolismo confuso. Demonios, tentaciones y visiones se mezclan con una puesta en escena que busca impactar más que profundizar. El resultado se siente cercano al terror moderno que recicla iconos, pero aquí aplicado a elementos religiosos, generando una atmósfera incómoda y polémica.
A pesar de su tono errático, la película encuentra algo de redención en sus escenarios griegos, con paisajes rocosos y luz dorada que aportan realismo y crudeza visual. Sin embargo, ni esas imágenes ni la intensidad del protagonista logran sostener una narrativa que avanza lentamente y sin claridad. El elegido del mal termina siendo una experiencia sombría y desorientada, más cercana al shock vacío que a una reflexión profunda sobre fe, sacrificio o redención.