
Dirigida por Timur Bekmambetov y estrenada en 2026 con el título original Mercy, la película nos sitúa en un Los Ángeles futurista donde los juicios por crímenes violentos son dirigidos por jueces de inteligencia artificial. El sistema Mercy Capital Court ofrece a los acusados todos los recursos posibles para demostrar su inocencia… pero solo durante 90 minutos. Si no logran reducir su probabilidad de culpabilidad, la sentencia es inmediata: ejecución por descarga sónica.
Christopher “Chris” Raven, un detective que siempre defendió el sistema, despierta esposado a una silla acusado del asesinato de su esposa Nicole. Todas las pruebas parecen señalarlo: sangre en su ropa, imágenes de cámaras y una probabilidad de culpa del 97,5 %. Para sobrevivir, debe bajarla al menos al 92 %. Supervisando el proceso está Maddox, el juez artificial que analiza cada dato sin emoción ni contexto humano.
Mientras investiga desde su encierro, Chris descubre secretos que nunca vio venir: la relación de Nicole con otro hombre, tensiones laborales, químicos robados y un matrimonio fracturado por su recaída en el alcohol tras la muerte de un antiguo compañero. Cada revelación no solo acerca nuevas pistas, también lo obliga a enfrentar su propia responsabilidad emocional en la caída de su familia.
La búsqueda de la verdad revela una red de sabotaje vinculada al propio sistema Mercy. El principal sospechoso termina siendo Rob, antiguo apoyo de sobriedad de Chris, quien planea una venganza contra el tribunal tras la ejecución injusta de su hermano. La investigación se acelera cuando la hija de Chris es secuestrada y una serie de explosiones convierte la ciudad en un campo de guerra.
Mientras Rob avanza hacia Mercy Court cargado de explosivos, el sistema entra en crisis. Chris logra ser absuelto del asesinato, pero el conflicto ya no es personal: se trata de exponer una verdad enterrada. Se revela que pruebas clave fueron ocultadas deliberadamente para demostrar la eficacia del sistema, dejando claro que incluso una justicia automatizada puede ser manipulada por intereses humanos.
Sin piedad culmina con un enfrentamiento directo entre venganza, verdad y compasión. Chris se enfrenta al hombre que destruyó su vida, pero es su hija —y la propia IA— quienes lo detienen antes de cruzar un punto sin retorno. El cierre deja una reflexión inquietante: cuando delegamos nuestras decisiones morales a máquinas, el peligro no está en la tecnología… sino en quién la programa. Es un thriller tenso que cuestiona el precio de la eficiencia cuando la justicia olvida mirar a los ojos.