
Bean: El nombre del desastre marca la primera gran aventura cinematográfica del icónico personaje creado e interpretado por Rowan Atkinson. Estrenada en 1997, la película traslada a Mr. Bean desde su habitual rutina en Inglaterra hasta Estados Unidos, donde su particular mezcla de ingenuidad y torpeza desencadena un caos monumental. Aunque mantiene el espíritu cómico de la serie televisiva, la cinta añade una narrativa más desarrollada y emocional.
La trama gira en torno a la decisión de una galería de arte estadounidense de recibir a Bean como invitado de honor para presentar la famosa pintura “La Madre de Whistler”. Sin embargo, nadie imagina que el supuesto experto es, en realidad, un empleado incompetente cuya presencia siempre trae consecuencias imprevisibles. Lo que comienza como un viaje oficial se convierte en un desastre creciente lleno de situaciones absurdas y humor físico.
Fiel al estilo del personaje, la película apuesta por el humor gestual, los enredos silenciosos y los malentendidos exagerados. Atkinson demuestra nuevamente su talento para la comedia física, llevando al extremo escenas tan memorables como su primer contacto con la pintura, su peculiar presentación en la galería o su desastroso paso por el hospital. La película destaca por generar risa sin depender del diálogo, manteniendo un estilo universal y accesible.
Uno de los mayores atractivos del filme es ver cómo Bean interactúa con un entorno completamente distinto. El contraste cultural entre su personalidad excéntrica y la seriedad institucional del mundo del arte crea un terreno ideal para el humor. Además, personajes como David Langley (Peter MacNicol) funcionan como contrapunto, intentando mantener el control mientras Bean destruye involuntariamente su vida profesional y personal.
A pesar del caos, la película también introduce elementos más sensibles que no estaban tan presentes en la serie original. La relación entre Bean y la familia Langley aporta momentos de conexión y redención que equilibran la comedia con un toque humano, mostrando que detrás de la torpeza hay buenas intenciones.
Bean: El nombre del desastre no solo es un festín de humor físico, sino también una expansión exitosa del personaje hacia el cine. Para fans del personaje, es una obra imprescindible; para nuevos espectadores, una puerta de entrada a uno de los íconos más queridos de la comedia británica. A día de hoy, sigue generando risas y nostalgia, demostrando que el caos de Bean nunca pasa de moda.