
Dirigida por Osgood Perkins y estrenada en 2024 con el título original Longlegs, esta película construye un horror psicológico profundamente incómodo, donde lo inexplicable se mezcla con lo ritual, lo satánico y lo emocional. Con un tono helado, atmósferas pesadas y un enfoque perturbador del mal humano, la cinta sigue a una joven agente del FBI que se enfrenta a un asesino cuyas motivaciones parecen trascender la lógica y rozar lo sobrenatural.
La historia se articula alrededor de una serie de asesinatos familiares, cada uno más inquietante que el anterior. La investigación avanza con piezas sueltas, mensajes cifrados y escenas del crimen que parecen ocultar significados siniestros. La película abraza un ritmo lento y deliberado, haciendo que cada descubrimiento pese como una losa emocional. Cada detalle —un símbolo, una fotografía, un gesto— se convierte en presagio de algo más oscuro y más antiguo de lo que cualquier agente podría comprender.
La protagonista, Lee Harker, se perfila como una investigadora introvertida, sensible y marcada por un talento que la separa del resto: una intuición casi preternatural para leer lo que otros no ven. Ese mismo don la arrastra hacia un vínculo inquietante con Longlegs, una conexión que la película explora con sutileza, dolor y un sentimiento de predestinación. Su viaje emocional es tan terrorífico como la propia investigación, revelando heridas profundas y una identidad más ligada al caso de lo que ella quisiera aceptar.
El asesino, interpretado con una mezcla escalofriante de teatralidad, frialdad y deformidad emocional, se convierte en la pieza central del horror. Longlegs no es solo un criminal; es una presencia perturbadora, un eco de rituales, pactos y lealtades macabras. La película evita explicarlo por completo, reforzando la idea de que el mal no siempre tiene un origen claro. Su apariencia, su voz y su forma de manipular a otros convierten cada escena en un golpe de tensión psicológica difícil de sacudir.
El estilo visual es denso, oscuro, dominado por sombras, colores desaturados y una sensación permanente de vigilancia. La dirección de Perkins apuesta por el silencio, por planos sostenidos y por un ritmo inquietantemente controlado que genera una angustia palpable. El horror no viene de sustos gratuitos, sino de la acumulación de señales, de silencios que se prolongan demasiado y de la certeza de que algo terrible acecha fuera —o dentro— del cuadro.
La película culmina en un clímax crudo, desconcertante y emocionalmente demoledor donde la verdad del caso se revela como un golpe directo al alma de la protagonista. La resolución deja claro que algunas historias no se cierran: se abren hacia un abismo aún mayor. “Longlegs: Coleccionista de almas” termina con un eco perturbador, una mezcla de dolor, devastación y horror que permanece mucho después de los créditos. Es una obra que redefine el terror moderno desde la sutileza, la incomodidad y una oscuridad que parece respirar.