
Dirigida por Robert Eggers y estrenada en 2015 con el título original The Witch, esta película es un retrato inquietante del fanatismo religioso, la paranoia y la vulnerabilidad humana frente a lo inexplicable. Ambientada en la Nueva Inglaterra del siglo XVII, la historia sigue a una familia expulsada de su comunidad que intenta sobrevivir al borde del bosque, un lugar donde lo sagrado y lo maligno parecen respirar en cada rincón. Con un tono austero, una atmósfera opresiva y un rigor histórico impresionante, el filme se ha convertido en un referente del terror moderno.
El paisaje natural es un personaje en sí mismo: árboles densos, silencios pesados y una sensación constante de que algo observa desde la oscuridad. La película utiliza este entorno para reforzar el aislamiento emocional y físico de la familia. Cada crujido, cada sombra y cada susurro invitan a la duda, al miedo y a la sensación de que el mal puede estar acechando detrás de cualquier tronco. El bosque representa la ruptura entre lo conocido y lo incomprensible.
Thomasin, la hija mayor, se convierte en el epicentro emocional del relato. Su transición de adolescente obediente a figura sospechosa dentro de su propio hogar muestra cómo el miedo colectivo puede volverse contra el más vulnerable. La cinta explora cómo la culpa, la represión y la necesidad de encontrar un responsable empujan a la familia a ver a Thomasin como amenaza. Su arco es profundo, trágico y desgarrador, marcado por la búsqueda desesperada de un lugar donde pertenecer.
El filme retrata con crudeza cómo la religión, en lugar de ser consuelo, puede volverse una prisión emocional. La familia vive bajo normas estrictas que asfixian, juzgan y condenan incluso los pensamientos más íntimos. La pérdida, la escasez y la frustración alimentan el fanatismo, creando una espiral autodestructiva. A través de plegarias, confesiones y castigos, se revela una verdad inquietante: a veces el horror no proviene del exterior, sino de la mente dominada por el miedo.
Uno de los elementos más impactantes es Black Phillip, la enigmática cabra que parece observar y comprender más de lo que debería. Su presencia es un símbolo poderoso del caos y la tentación. A medida que la historia avanza, se convierte en el catalizador del terror y del destino final de la familia. La película utiliza esta figura con sutileza, dejando que el espectador dude hasta el último momento de si todo es real, un desbordamiento de la paranoia o la manifestación de algo verdaderamente maligno.
El desenlace es una mezcla de terror, revelación y una extraña sensación de liberación. Thomasin, tras perderlo todo, toma una decisión que rompe con el mundo que la oprimió desde el inicio. El cierre, envuelto en imágenes inquietantes y un tono ritualista, redefine todo lo que la película ha construido. “La bruja” termina con un impacto emocional profundo, recordando que el horror más poderoso es el que se esconde en los límites entre la fe, el miedo y la identidad.