
Dirigida por Derek Cianfrance y estrenada en 2025 con el título original Roofman, la película se inspira en hechos reales para contar la historia de un ladrón atípico que desafió a la policía estadounidense durante años. Jeffrey Manchester no robaba con violencia ni usaba armas: entraba a los restaurantes McDonald’s por el techo, de noche, cuando todo estaba cerrado, y se llevaba el dinero sin dejar rastro. Desde el inicio, el film construye un retrato humano y melancólico de un delincuente que parece más impulsado por la soledad y la necesidad de pertenecer que por la ambición.
Manchester es metódico, silencioso y sorprendentemente disciplinado. La película muestra cómo estudia los locales, calcula los tiempos y convierte el robo en una rutina casi artesanal. Vive en los márgenes, evitando vínculos duraderos y adoptando identidades temporales para no ser detectado. Esta vida clandestina le permite pasar inadvertido durante años, pero también lo condena a una existencia vacía. El relato enfatiza que su mayor talento no es robar, sino desaparecer sin que nadie lo note.
Tras ser capturado y luego escapar de prisión, Manchester toma una decisión extrema: esconderse durante meses dentro de una tienda Toys “R” Us abandonada. Este periodo se convierte en el corazón emocional de la película. Aislado del mundo, sobrevive con comida robada y pequeñas rutinas que le dan una ilusión de normalidad. El encierro no solo es físico, sino mental, y el film utiliza este espacio para explorar su deterioro emocional y su necesidad desesperada de conexión humana.
La vida de Manchester cambia cuando inicia una relación sentimental que le ofrece algo que nunca tuvo: estabilidad y afecto genuino. Esta relación representa tanto su salvación como su mayor riesgo. Por primera vez, alguien lo ve realmente, y esa visibilidad se convierte en una amenaza directa a su anonimato. La película muestra cómo el deseo de ser amado entra en conflicto con su instinto de huida constante, empujándolo a cometer errores que antes habría evitado.
Mientras Manchester intenta construir una vida normal, la policía estrecha el cerco. El film retrata la investigación no como una persecución frenética, sino como un proceso paciente e inevitable. Cada pequeño descuido, cada vínculo emocional, acerca más su captura. La tensión crece no por grandes enfrentamientos, sino por la certeza de que un estilo de vida basado en el aislamiento no puede sostenerse indefinidamente.
El desenlace de Un buen ladrón se aleja del sensacionalismo y apuesta por una conclusión íntima y amarga. Más que castigar al criminal, la película reflexiona sobre lo que se pierde cuando alguien vive siempre huyendo. Manchester no es presentado como un héroe ni como un villano, sino como una figura trágica atrapada entre su talento para desaparecer y su incapacidad para pertenecer. El film deja una impresión duradera sobre la soledad, la identidad y el precio de vivir al margen.