
Dirigida por Todd Phillips y estrenada en 2003 con el título original Old School, la película arranca con Mitch Martin (Luke Wilson), un hombre común cuya vida entra en crisis tras descubrir una traición inesperada. Buscando escapar del vacío emocional, se muda cerca de una universidad y termina reencontrándose con sus viejos amigos Frank Ricard (Will Ferrell) y Beanie Campbell (Vince Vaughn), despertando una nostalgia peligrosa por los años de juventud.
Lo que comienza como una simple reunión entre amigos se transforma en una idea absurda pero tentadora: crear su propia fraternidad universitaria. Para estos adultos atrapados en rutinas mediocres, el campus se convierte en un espacio donde pueden volver a sentirse libres, improvisar fiestas y olvidar responsabilidades, aunque sea por momentos.
Entre borracheras, rituales ridículos y situaciones exageradas, la película esconde un trasfondo más humano. Cada personaje arrastra frustraciones personales: Mitch busca estabilidad emocional, Beanie intenta escapar de una vida sin pasión y Frank lucha contra su propia naturaleza reprimida. La comedia funciona como una válvula de escape para una generación que no quiere aceptar del todo que ha crecido.
Mientras el caos se apodera del campus, Mitch intenta reconstruir su relación con Heidi (Juliette Lewis), comprendiendo que no todo puede resolverse con bromas y fiestas. La película equilibra el humor con pequeños momentos de reflexión sobre el compromiso, el miedo a envejecer y la necesidad de avanzar.
El decano Gordon Pritchard (Jeremy Piven) se convierte en el antagonista perfecto, decidido a destruir la fraternidad y devolver el orden al campus. Su presencia representa al mundo adulto que exige reglas, mientras los protagonistas encarnan ese deseo universal de aferrarse a los recuerdos de libertad.
Aquellos viejos tiempos cierra con una mezcla de comedia y aceptación: no se trata de vivir anclados al pasado, sino de aprender a integrar esa energía juvenil en una nueva etapa. Es una película divertida y caótica, pero también una reflexión ligera sobre la amistad, el paso del tiempo y la importancia de no perderse a uno mismo mientras se madura.