
Dirigida por Jessica Hausner y estrenada en 2023 con el título original Club Zero, esta película construye un thriller psicológico inquietante que aborda la vulnerabilidad adolescente, la manipulación emocional y las dinámicas de poder disfrazadas de bienestar. Con un estilo frío, preciso y profundamente perturbador, el filme sigue a un grupo de estudiantes que, bajo la guía carismática de una nueva profesora, van siendo llevados hacia una ideología que desafía los límites del cuerpo, la voluntad y la moral.
La película sitúa su tensión en un colegio de élite donde las expectativas son tan altas como la presión interna. Las aulas, los pasillos impecables y el comportamiento pulido de profesores y alumnos sirven como fachada para una crisis emocional silenciosa. Cada plano está diseñado para transmitir rigidez: miradas contenidas, gestos mínimos y un aire de quietud que, lejos de tranquilizar, inquieta profundamente. En ese entorno aparentemente ideal, las ideas radicales encuentran terreno fértil.
La figura de la profesora Novak es el núcleo emocional del conflicto. Con una serenidad casi mística y una pedagogía que se presenta como revolucionaria, introduce poco a poco conceptos que apelan al autocontrol extremo y al abandono de la comida como forma de “liberación”. Su voz suave y su presencia tranquila funcionan como herramientas de persuasión, envolviendo a los estudiantes en una dinámica de confianza que pronto se transforma en dependencia. Es un retrato perturbador de cómo el carisma puede convertirse en arma.
Los estudiantes, cada uno con inseguridades y presiones personales, encuentran en la propuesta de Novak una sensación de comunidad y propósito. La película explora esa vulnerabilidad con precisión emocional, mostrando cómo el deseo de encajar y sentirse especial puede llevar a decisiones extremas. La adopción de las prácticas del “Club Cero” no ocurre de golpe: se insinúa, se normaliza y luego se arraiga, evidenciando cómo la manipulación puede progresar con suavidad aterradora.
Hausner utiliza una estética fría y perfectamente controlada: colores apagados, encuadres simétricos y una música casi ausente que resalta el vacío emocional. La tensión no surge de grandes explosiones dramáticas, sino de la acumulación de silencios, miradas y decisiones pequeñas que se vuelven imposibles de revertir. Ese minimalismo convierte cada escena en un espacio incómodo donde el espectador siente que algo está muy mal, aunque nadie lo diga en voz alta.
El clímax de “Club cero” no busca respuestas fáciles ni un cierre convencional. En su lugar, plantea preguntas sobre autoridad, vulnerabilidad y la facilidad con la que ideas peligrosas pueden infiltrarse en comunidades aparentemente seguras. La película deja una sensación amarga, inquietante y profundamente reflexiva: una advertencia silenciosa sobre los sistemas que prometen perfección a costa de la autonomía humana. Es una obra que no se olvida porque no quiere consolar; quiere despertar.