
Dirigida por Dan Trachtenberg y estrenada en 2025 con el título original Predator: Badlands, Depredador: Tierras salvajes marca un giro salvaje dentro de la franquicia al abandonar por completo los entornos urbanos y tecnológicos para sumergirse en un territorio hostil, casi mítico, donde la supervivencia depende del instinto más puro. Desde sus primeros minutos, la película deja claro que no habrá refugios seguros ni personajes intocables. El cazador vuelve a ser una fuerza imparable y silenciosa, y el ser humano, otra vez, se convierte en presa dentro de un mundo donde la naturaleza dicta las reglas.
Las tierras salvajes funcionan como algo más que un simple fondo visual: son un enemigo activo. Desiertos interminables, cañones imposibles y noches heladas aíslan por completo a los personajes, eliminando cualquier posibilidad de ayuda externa. Con spoilers claros, la película muestra cómo pequeños grupos humanos son eliminados uno a uno, sin ceremonias ni discursos finales. Cada muerte es seca, rápida y brutal, reforzando la sensación de que el entorno favorece al Depredador, que domina el territorio como un dios primitivo de la caza.
Este Depredador no busca trofeos por honor ni se rige por códigos morales reconocibles. Aquí caza por placer, por dominio absoluto. Sus apariciones son breves pero devastadoras, y su diseño enfatiza lo animal por sobre lo tecnológico. La película no oculta su ferocidad: vemos cuerpos mutilados, emboscadas calculadas y una inteligencia táctica que supera cualquier intento humano de organización. Este enfoque devuelve al monstruo su carácter de pesadilla imparable, alejándolo de versiones más humanizadas vistas en entregas anteriores.
Los supervivientes no son héroes clásicos ni soldados de élite, sino personas obligadas a adaptarse rápidamente o morir. A medida que el grupo se reduce, la paranoia y el miedo transforman su comportamiento. La película no tiene reparos en mostrar traiciones, sacrificios forzados y decisiones moralmente cuestionables. Con el paso del tiempo, la línea entre cazador y presa se difumina, y algunos personajes adoptan tácticas cada vez más primitivas, aceptando que para sobrevivir deben convertirse en algo que ya no es del todo humano.
El ritmo de la película se apoya más en la tensión que en la acción continua. Los silencios prolongados, las huellas en la arena y los sonidos lejanos construyen una atmósfera opresiva. Cuando la violencia estalla, lo hace sin aviso previo. El uso contenido de la música y la cámara cercana al cuerpo intensifican cada enfrentamiento, haciendo que cada aparición del Depredador se sienta definitiva. No hay descanso emocional: incluso las escenas de aparente calma están cargadas de amenaza.
Depredador: Tierras salvajes concluye con un final oscuro y sin concesiones. Los pocos sobrevivientes no celebran la victoria, porque no existe tal cosa. El Depredador puede caer, pero el costo es absoluto: vidas destruidas, cuerpos marcados y una sensación de vacío que persiste tras los créditos. La película reafirma que este universo no ofrece redención ni gloria, solo la lucha constante por existir un día más. Es un cierre brutal, coherente y profundamente inquietante, que devuelve a la saga su esencia más salvaje.