
Dirigida por John McTiernan y conocida internacionalmente como Die Hard, Duro de Matar (1988) se convirtió en un hito del cine de acción moderno. Su mezcla perfecta de suspenso, humor seco y momentos de puro caos cinematográfico marcó una nueva era en el género. La película no solo introdujo un estilo más humano y vulnerable de héroe, sino que además elevó el estándar para las producciones de acción en los años siguientes.
La historia se centra en John McClane (Bruce Willis), un policía de Nueva York que llega a Los Ángeles con la esperanza de reconciliarse con su esposa, Holly Gennaro. Sin embargo, su visita al Nakatomi Plaza se convierte en una pesadilla cuando un grupo de terroristas toma el edificio durante la fiesta navideña de la empresa. McClane, sin apoyo y sin equipo, se ve obligado a enfrentarse solo a una amenaza que supera por mucho sus recursos, usando únicamente su ingenio, su resistencia y un férreo sentido del deber.
El uso de un escenario único —el enorme rascacielos Nakatomi— es uno de los grandes aciertos del filme. Cada pasillo, oficina y piso del edificio se transforma en una trampa o un desafío que McClane debe superar. Esta estructura narrativa concentrada potencia la tensión y crea un ambiente claustrofóbico donde el protagonista está constantemente en desventaja. La progresión de sus heridas, su cansancio y su desesperación hacen que cada enfrentamiento se sienta más intenso y real.
El antagonista, Hans Gruber (interpretado brillantemente por Alan Rickman), es un criminal sofisticado, culto y absolutamente letal. Su presencia eleva la película gracias a su carisma y a su capacidad para mantener el control incluso en los momentos más críticos. La batalla psicológica entre Gruber y McClane añade profundidad a la trama, convirtiendo su enfrentamiento en uno de los más emblemáticos del cine de acción.
La cinta está llena de secuencias que se han vuelto legendarias: McClane descalzo corriendo entre cristales rotos, las explosiones improvisadas con recursos limitados, los ductos de ventilación como laberintos de supervivencia y, por supuesto, la inolvidable frase “Yippee-ki-yay”. Su combinación de acción vertiginosa, humor inesperado y un protagonista que sangra y sufre, da como resultado una fórmula que muchos intentaron copiar, pero pocos lograron igualar.
A diferencia de los héroes musculosos y casi invencibles típicos de los 80, John McClane es vulnerable, irónico y profundamente humano. Esta decisión estilística transformó el panorama del cine de acción y lo acercó más a la experiencia del espectador. El tono equilibrado entre el suspenso, el ingenio del protagonista y la puesta en escena espectacular de McTiernan consolidan a la película como un referente técnico y narrativo.
Con el paso del tiempo, Duro de Matar no solo se mantuvo como un clásico, sino que se convirtió en un estándar del género, inspirando secuelas, imitaciones y homenajes. Su impacto cultural, sus personajes memorables y su impecable construcción la posicionan como una obra esencial para cualquier amante del cine. Una película que sigue tan vibrante, emocionante y efectiva como el día de su estreno.