
Dirigida por Steven Spielberg y estrenada con el título original E.T. the Extra-Terrestrial, esta película de 1982 se ha convertido en uno de los filmes familiares más icónicos de la historia. Con una mezcla única de ciencia ficción, aventura y emoción, la cinta narra una historia profundamente humana a través del encuentro entre un niño y un ser de otro mundo. Más que un relato sobre extraterrestres, es una historia sobre la amistad, la inocencia y el deseo de pertenecer.
La trama comienza cuando un grupo de seres de otro planeta realiza una misión de investigación en la Tierra, pero uno de ellos queda accidentalmente abandonado al escapar de oficiales gubernamentales. Este extraterrestre termina en las afueras de un vecindario suburbano, donde conoce a Elliott (Henry Thomas), un niño solitario que descubre su existencia y decide ocultarlo y protegerlo. Así nace un vínculo afectivo que trasciende barreras culturales, lingüísticas y biológicas.
La relación entre Elliott y E.T. es el corazón de la película, representada como un lazo emocional y casi telepático. Ambos personajes se complementan: Elliott encuentra comprensión y compañía en un momento de inestabilidad familiar, mientras que E.T. halla seguridad en un mundo extraño. Momentos emblemáticos como la comunicación mediante objetos cotidianos, la frase inolvidable “E.T. teléfono casa” y la icónica escena de la bicicleta volando frente a la luna capturan la magia del vínculo.
Aunque narra una aventura fantástica, la película aborda temas profundos como el divorcio, la infancia vulnerable, la búsqueda de identidad y el miedo a perder aquello que amamos. La dinámica entre Elliott y sus hermanos —Gertie (Drew Barrymore) y Michael (Robert MacNaughton)— aporta humor y ternura, mientras que los adultos son mostrados inicialmente desde una perspectiva distorsionada, subrayando el punto de vista infantil del relato.
A medida que el gobierno descubre la presencia del extraterrestre, la película adquiere tonos dramáticos y de ciencia ficción más intensos. Las escenas de persecución, los laboratorios improvisados, los trajes herméticos y el interés científico contrastan con la visión inocente del protagonista, generando un choque entre humanidad y pragmatismo institucional. Spielberg utiliza la ciencia como metáfora de control, mostrando cómo E.T. es tratado como un objeto de estudio y no como un ser sensible.
Spielberg emplea una puesta en escena centrada en los niños, con cámaras a su altura y una iluminación cálida que refuerza el tono emocional. La fotografía nocturna, las sombras del bosque, los destellos de luz y el uso simbólico de la luna crean una estética inolvidable. La película combina momentos íntimos con secuencias de aventura dinámicas, construyendo un equilibrio perfecto entre fantasía y realismo emocional.
La música de John Williams es uno de los elementos más míticos del filme. Su tema principal, lleno de emoción y asombro, acompaña escenas clave y se ha convertido en parte fundamental de la cultura cinematográfica. La combinación de orquestación épica y melodías nostálgicas eleva cada momento, especialmente la secuencia final, donde música e imagen se unen en uno de los cierres más emotivos del cine moderno.
E.T. el Extraterrestre no solo definió una época: reinventó el cine familiar y consolidó a Spielberg como maestro del cine emocional. Su mezcla de imaginación, humanidad y narrativa poderosa sigue conmoviendo a nuevas generaciones. Una historia sobre amistad, pérdida, descubrimiento y el deseo universal de encontrar un lugar al que llamar hogar.