
Dirigida por Mark Osborne y estrenada en 2015 con el título original Le petit prince, esta adaptación animada del clásico de Antoine de Saint-Exupéry combina dos historias: la aventura del pequeño príncipe en su travesía por los asteroides, y la vida de una niña que descubre su historia gracias a un anciano aviador. Con las voces de Jeff Bridges, Rachel McAdams, James Franco y Paul Rudd, la película mezcla stop-motion y animación digital para dar forma a un relato poético que reflexiona sobre la imaginación, la infancia y la importancia de mirar con el corazón.
La historia se desarrolla en una ciudad obsesionada con la eficiencia y el orden, donde cada casa parece igual y cada minuto está planificado. En contraste, la casa del aviador es un refugio lleno de colores, dibujos y objetos que evocan recuerdos de otros mundos. Este choque visual representa el abismo entre la lógica fría del mundo adulto y la libertad creativa que la niña descubre poco a poco. Osborne utiliza este entorno para subrayar que, incluso en un espacio rígido, la imaginación encuentra formas de florecer.
La niña, interpretada con gran delicadeza, lucha por cumplir las expectativas de su madre mientras intenta comprender quién quiere ser realmente. El aviador, con su voz cálida y vulnerable, se convierte en un guía que la invita a mirar más allá de lo evidente. A medida que la niña conoce la historia del principito, sus vidas se entrelazan emocionalmente. El pequeño príncipe, la rosa, el zorro y los demás personajes clásicos actúan como espejos que revelan deseos, temores y verdades sobre la amistad y la responsabilidad.
El corazón del conflicto surge cuando la niña, atrapada entre la presión adulta y su anhelo de libertad, comienza a perder la conexión con el mundo que descubrió a través del aviador. La película aborda la tristeza del paso del tiempo, el miedo a crecer y el riesgo de olvidarse de lo esencial. La búsqueda del principito y la necesidad de reencontrar a la rosa reflejan estas emociones, mostrando que el proceso de madurar conlleva aceptar heridas, despedidas y decisiones que definen el camino de cada uno.
Osborne combina la suavidad de la animación digital con la textura artesanal del stop-motion, creando un contraste que potencia la emoción del relato. Las escenas del cuento están elaboradas como si fueran esculturas vivas, delicadas y luminosas. Cada detalle visual —desde los colores hasta las sombras— aporta profundidad narrativa. La música y el ritmo pausado refuerzan la sensación de estar dentro de un sueño frágil donde cada imagen parece tener alma propia.
El desenlace une las historias de la niña y del principito en un momento de madurez emocional donde ambos comprenden que el amor, la amistad y los recuerdos sobreviven al tiempo. La niña aprende a mirar el mundo con sensibilidad, y el aviador encuentra paz al saber que sus historias permanecerán vivas. El principito (2015) termina con un mensaje que trasciende generaciones: lo esencial es invisible a los ojos, pero nunca desaparece si somos capaces de recordarlo.