
Dirigida por Joshua John Miller y estrenada en 2024 con el título original The Exorcism, esta película explora el descenso psicológico y espiritual de un actor que comienza a perder el control durante el rodaje de un filme de terror. Con una mezcla de meta-horror, drama emocional y elementos sobrenaturales, la cinta examina cómo los traumas personales pueden abrir puertas peligrosas cuando la ficción se vuelve demasiado real.
El protagonista, interpretado por Russell Crowe, es un hombre marcado por culpas antiguas, adicciones y un pasado que intenta reconstruir. Al aceptar un papel en una película sobre posesiones, su fragilidad emocional se convierte en terreno fértil para la oscuridad. La línea entre su interpretación y su vida personal comienza a desdibujarse, creando un viaje inquietante donde cada gesto revela el colapso silencioso de una mente en guerra consigo misma.
El set de filmación funciona como un microcosmos de presión, miedos y obsesiones. Las luces, el maquillaje, los ensayos y las repeticiones se convierten en rituales extraños donde la atmósfera se vuelve cada vez más pesada. La película utiliza este entorno para sugerir que algo oscuro acecha entre bambalinas: accidentes inexplicables, ruidos que no deberían estar allí y un sentimiento creciente de que el personaje principal no está interpretando un papel… sino reabriendo heridas que nunca sanaron.
En el corazón del filme se encuentra el dolor emocional del protagonista: la pérdida, la culpa y la necesidad desesperada de redención. La posesión se presenta no solo como un fenómeno sobrenatural, sino como un reflejo metafórico de su lucha interna. La película trata la fe desde un ángulo humano, más centrado en el arrepentimiento y la fragilidad que en los rituales tradicionales, lo que aporta un tono íntimo y devastador al relato.
“The Exorcism” combina momentos inquietantes, visiones perturbadoras y un terror que se insinúa más en las miradas y silencios que en los sustos directos. La tensión se construye a través del deterioro psicológico, usando símbolos religiosos, sombras y distorsiones para crear un ambiente donde la amenaza parece venir tanto del exterior como del interior del protagonista. El filme apuesta por un horror emocional antes que por el espectáculo.
El desenlace se mueve entre lo espiritual y lo psicológico, dejando claro que algunas batallas se libran en el alma más que en el cuerpo. Sin respuestas fáciles ni cierres reconfortantes, la película culmina con un golpe emocional que redefine todo lo visto. “Exorcismo (2024)” se despide dejando una sensación amarga, inquietante y profundamente humana: a veces, el demonio más difícil de expulsar es el que uno mismo alimentó durante años.