
Dirigida por Nia DaCosta y estrenada comercialmente en 2026 con el título original 28 Years Later: The Bone Temple, la película retoma un mundo devastado por el virus de la rabia y lo empuja hacia una idea tan macabra como simbólica: un “templo” construido con los restos de las víctimas. En ese paisaje de ruinas y fe deformada, Spike (Alfie Williams) cae en manos de un grupo de supervivientes radicalizado, liderado por Sir Lord Jimmy Crystal (Jack O'Connell), donde sobrevivir significa obedecer… y renunciar a ser quien eras.
El grupo de Jimmy no se siente como una comunidad, sino como un culto: reglas internas, lealtad forzada y una energía adolescente convertida en amenaza. Spike no entra a un refugio, entra a una prueba constante. La película usa esa dinámica para hablar del miedo a quedarse sola, del hambre de pertenecer y de lo fácil que es que la desesperación se disfrace de “familia” cuando el mundo ya no ofrece nada seguro.
En paralelo, el Dr. Ian Kelson (Ralph Fiennes) sostiene la parte más inquietante y humana del relato. Mientras continúa levantando el Bone Temple como memorial, observa a los infectados no solo como bestias, sino como un fenómeno que todavía podría contener una chispa de conciencia. Su obsesión no es heroica ni limpia: es la necesidad de encontrar una explicación, aunque eso implique convivir con el horror día tras día.
La presencia de Samson (Chi Lewis-Parry), un Alfa infectado que se acerca una y otra vez, instala la duda que más incomoda: ¿y si la infección no borró todo? La película trabaja esa tensión con paciencia, dejando que el miedo se transforme en curiosidad y que la repulsión conviva con momentos extrañamente íntimos. Cada encuentro parece un recordatorio de que, en este mundo, la esperanza también puede dar miedo.
La historia avanza hacia un choque de fuerzas: la lógica brutal del culto y la obstinación clínica de Kelson. En medio quedan quienes todavía intentan elegir, como Jimmy Ink / Kellie (Erin Kellyman), que introduce un respiro emocional dentro de un entorno que exige dureza. Todo se siente como una cuenta regresiva: no solo para sobrevivir, sino para no perderse del todo.
Exterminio: El templo de huesos se sostiene en una imagen poderosa: la memoria convertida en arquitectura, el duelo convertido en ritual. Entre violencia, fanatismo y ciencia desesperada, la película deja una sensación amarga: el fin del mundo no solo destruye ciudades, también reescribe la moral. Y aun así, en lo más oscuro, se insinúa la posibilidad de que algo humano siga respirando bajo la rabia.