
Dirigida por M. Night Shyamalan y estrenada en 2024 con el título original Trap, esta película mezcla thriller psicológico, intriga policial y una puesta en escena inquietante que juega constantemente con la percepción del espectador. Con giros inesperados, un tono opresivo y un desarrollo que alimenta la sospecha en cada escena, la cinta sigue a un hombre aparentemente común que se ve envuelto en un operativo masivo del que no podrá escapar.
La trama sitúa gran parte de su tensión en un estadio abarrotado, donde miles de personas disfrutan de un espectáculo sin saber que están atrapadas dentro de una gigantesca operación policial. La película utiliza este espacio cerrado para crear una atmósfera sofocante: luces brillantes, ruido ensordecedor y movimientos de masas que ocultan secretos. La sensación de encierro aumenta con cada minuto, reforzando la idea de que una trampa puede estar funcionando justo delante de todos.
El personaje central, Josh, se presenta como un padre que intenta pasar un día normal con su hija. Sin embargo, la narrativa va revelando fisuras en su comportamiento, silencios incómodos y una inquietante contradicción entre lo que dice y lo que hace. Esa doble capa hace que el espectador cuestione continuamente sus motivaciones. La película no solo juega con la identidad, sino con la moralidad: ¿quién es realmente este hombre? ¿Qué oculta? ¿Y por qué parece tan tranquilo en medio del caos?
Las fuerzas del orden funcionan como una presencia omnipresente: agentes infiltrados entre el público, controles invisibles y un despliegue tecnológico que parece demasiado preparado. Shyamalan maneja ese ambiente de vigilancia total para generar paranoia, dejando claro que la justicia también puede convertirse en un laberinto moral. Cada movimiento, cada palabra, cada mirada entre agentes sugiere que hay una red compleja de intereses detrás del operativo.
El concierto —colorido, vibrante y enérgico— contrasta con el veneno que se esconde debajo. La banda sonora y la actuación sobre el escenario se entrelazan con la tensión narrativa, creando un choque irónico entre el entretenimiento masivo y el horror silencioso que se prepara a nivel subterráneo. Este contraste potencia el impacto emocional del filme, mostrando cómo la distracción colectiva puede ser el escenario perfecto para una verdad inquietante.
El desenlace es contundente, incómodo y fiel al sello de Shyamalan: revela el verdadero rostro del protagonista y convierte la trama en un espejo perturbador sobre la identidad, la culpa y la manipulación. Nada es simple, nada es inocente. “La trampa” cierra con una sensación de desasosiego que no se disipa con los créditos, dejando al espectador cuestionando sus propias certezas y recordándole que a veces el monstruo no está donde esperamos… sino donde menos queremos mirar.