
Dirigida por Park Chan-wook y estrenada en 2013 con el título original Stoker, la película inicia con la muerte repentina del padre de India Stoker el día de su cumpleaños número dieciocho. Ese golpe emocional no solo quiebra la frágil estabilidad familiar, sino que deja a la joven enfrentada a un silencio incómodo y a una madre emocionalmente ausente. Desde ese vacío emerge una tensión inquietante que marca el tono del relato y anuncia que el duelo será solo el primer paso hacia algo mucho más perturbador.
La aparición de Charlie, el misterioso hermano del padre fallecido, altera por completo la dinámica del hogar. Interpretado por Matthew Goode, su presencia resulta elegante, seductora y profundamente incómoda. India, encarnada por Mia Wasikowska, comienza a sentir una conexión inexplicable con él, una atracción que no se basa solo en la curiosidad, sino en el reconocimiento de una oscuridad compartida. La película sugiere que este vínculo no crea algo nuevo, sino que despierta algo que siempre estuvo latente en ella.
El relato utiliza el tránsito de India hacia la adultez como una metáfora del descubrimiento de su verdadera naturaleza. Aislada, observadora y emocionalmente contenida, la joven empieza a aceptar impulsos que antes reprimía. La violencia no aparece como un quiebre repentino, sino como una extensión natural de su crecimiento interno. Park Chan-wook construye esta evolución con una calma inquietante, mostrando cómo el autoconocimiento puede tomar caminos oscuros cuando no existen límites morales claros.
La figura materna, interpretada por Nicole Kidman, representa la negación y la fragilidad emocional. Incapaz de conectar con su hija y aferrada a una imagen de normalidad, su personaje funciona como contraste frente a la lucidez perturbadora de India. La tensión entre madre e hija no se expresa en grandes confrontaciones, sino en silencios, miradas y gestos mínimos que revelan una desconexión profunda y dolorosa.
Visualmente, la película es una obra de precisión. Cada encuadre, cada color y cada movimiento de cámara refuerzan la sensación de amenaza contenida. El uso del sonido, desde los ruidos cotidianos hasta la música, amplifica la tensión psicológica y convierte lo doméstico en algo inquietante. La violencia, cuando aparece, es estilizada y calculada, reforzando la idea de que el horror no surge del caos, sino del control absoluto.
El cierre de Lazos perversos confirma que la historia no trata de corrupción, sino de aceptación. India no es arrastrada a la oscuridad, sino que la abraza como parte esencial de quien es. La película concluye con una sensación de inquietud duradera, dejando claro que algunos lazos familiares no unen por amor, sino por herencias mucho más peligrosas. Es un relato elegante y perturbador sobre la identidad, la sangre y el poder de reconocerse sin miedo.