
Dirigida por Lynne Ramsay y estrenada en 2025 con el título original Die, My Love, la película adapta la novela homónima de Ariana Harwicz y se adentra en el colapso psicológico de una mujer que vive aislada con su pareja y su hijo en una zona rural. Desde el inicio, el relato se instala dentro de su mente fragmentada, donde la maternidad no aparece como refugio ni plenitud, sino como una experiencia opresiva que acelera una crisis interna imposible de contener.
El entorno doméstico, lejos de ser un espacio de protección, se transforma en una jaula silenciosa. La protagonista habita una casa rodeada de naturaleza, pero esa aparente calma solo amplifica su sensación de asfixia. La película utiliza el aislamiento físico para reforzar el encierro mental, mostrando cómo la rutina, la pareja y la crianza se convierten en fuerzas que erosionan lentamente su estabilidad emocional. No hay escape posible, solo una convivencia constante con pensamientos intrusivos y violentos.
La relación de pareja es presentada como un vínculo atravesado por la incomunicación y el desgaste. El deseo persiste, pero está contaminado por la frustración, el resentimiento y una agresividad latente. La protagonista oscila entre el apego y el rechazo, incapaz de reconciliar el amor con el rol que se espera de ella. La película expone cómo el mandato de la maternidad ideal choca brutalmente con el deseo individual, generando una tensión que no encuentra salida racional.
Uno de los aspectos más perturbadores del film es la manera en que los pensamientos de la protagonista invaden la narración. La violencia no siempre se manifiesta en actos, sino en impulsos, imágenes mentales y fantasías que rompen con cualquier noción de corrección. La película no juzga ni suaviza estos estados, sino que los muestra con crudeza, obligando al espectador a habitar un territorio incómodo donde la salud mental se descompone frente a la presión social y emocional.
Lynne Ramsay construye la película con un lenguaje visual intenso y sensorial. La cámara se acerca al cuerpo, a los gestos mínimos y a las reacciones físicas, reforzando la experiencia subjetiva del colapso. El sonido, el ritmo y la fragmentación narrativa acompañan el deterioro interno de la protagonista, creando una atmósfera opresiva que no concede respiro. Cada escena parece diseñada para transmitir incomodidad, ansiedad y una rabia contenida a punto de estallar.
El cierre de Mátate, amor consolida la película como una de las propuestas más radicales y provocadoras del cine reciente. Lejos de ofrecer redención o respuestas claras, el film deja una sensación de desasosiego persistente. Su reconocimiento en festivales internacionales no proviene de la complacencia, sino de su valentía para abordar la maternidad, el deseo y la salud mental desde un lugar incómodo y honesto. Es una obra que no busca agradar, sino confrontar.