
Dirigida por Jessica Swale y estrenada en 2025 con el título original Merv, la película arranca con una separación aparentemente madura entre Russ, un profesor, y Anna, una oftalmóloga, quienes deciden compartir la custodia semanal de su perro Merv tras su ruptura. Sin embargo, lo que parecía un acuerdo civilizado revela una herida más profunda cuando Merv comienza a mostrar signos claros de tristeza. El diagnóstico es inesperado y doloroso: el perro sufre depresión como consecuencia directa de la separación de sus humanos, convirtiéndose en el reflejo emocional de una relación que nunca terminó de cerrarse.
Con la esperanza de ayudar a Merv a recuperar la alegría, Russ decide llevarlo a un hotel canino en Florida, un lugar diseñado para el bienestar y la distracción de los perros. Lo que comienza como un gesto responsable se transforma en una huida emocional. Anna, convencida de que Merv sigue infeliz, viaja en secreto tras ellos, incapaz de mantenerse al margen. Este desplazamiento físico marca el inicio de un reencuentro forzado, donde el pasado empieza a reaparecer con la misma intensidad que los sentimientos nunca resueltos.
En el hotel, Merv muestra una mejora inmediata al ver a Russ y Anna juntos de nuevo. Su cambio de ánimo no es sutil: la alegría del perro actúa como un espejo incómodo para ambos, evidenciando que la separación nunca fue tan clara como pretendían. La película utiliza esta reacción para subrayar una idea central: a veces, quienes menos palabras tienen son quienes mejor comprenden lo que está roto. Merv se convierte en el catalizador emocional que obliga a enfrentar verdades aplazadas.
La visita a los padres de Russ añade una capa más íntima al viaje. En ese entorno familiar, las defensas de ambos empiezan a caer. Russ admite que sigue amando a Anna, pero ella se muestra distante, incapaz de corresponder sin revelar el verdadero motivo de su alejamiento. Finalmente, se descubre que Anna se cerró emocionalmente al enterarse de que es infértil, una noticia que la llevó a aislarse por miedo, vergüenza y dolor, creyendo que proteger a Russ significaba apartarlo.
Tras el viaje, Russ toma una decisión que parece definitiva: le deja a Anna la custodia completa de Merv. Argumenta que le prometieron al perro un solo hogar y que prolongar la situación solo genera más daño. Este acto no es una renuncia al amor, sino un sacrificio silencioso. Russ intenta seguir adelante adoptando otro perro del refugio, solo para descubrir que también está deprimido, reforzando la idea de que no se puede huir de lo que no se ha sanado.
El cierre de Merv llega en Navidad, cuando Russ y Anna se cruzan por casualidad en un parque. Sin máscaras ni evasivas, ambos se confiesan lo que nunca dejaron de sentir. La reconciliación no borra el dolor vivido, pero lo integra como parte de su historia compartida. La película concluye con una nota cálida y honesta, recordando que el amor no siempre se pierde, a veces solo espera a que sus protagonistas aprendan a escucharse, incluso a través de un perro.