
Dirigida por Christian E. Christiansen y estrenada en 2011 con el título original The Roommate… la película presenta a Sara Matthews, una joven universitaria que intenta empezar de nuevo tras una etapa complicada de su vida. Al llegar a la residencia, conoce a Rebecca Evans, su nueva compañera de cuarto, quien se muestra amable, atenta y aparentemente perfecta. Desde el inicio, la relación se construye sobre una cercanía intensa que pronto se siente incómoda, dejando claro que la necesidad de afecto de Rebecca no es del todo sana.
Rebecca, interpretada por Leighton Meester, no tarda en mostrar una fijación preocupante con Sara. Lo que comienza como admiración se transforma en control: copia su estilo, invade su espacio y manipula su entorno para aislarla. La película explora cómo ciertas relaciones tóxicas se camuflan bajo gestos de protección y lealtad extrema, revelando que el afecto mal gestionado puede convertirse en una forma de posesión peligrosa.
Cuando Sara empieza a integrarse en la universidad y a formar nuevas amistades, Rebecca percibe cada vínculo como una traición. La llegada de Stephen, interpretado por Cam Gigandet, intensifica los celos y marca un punto de quiebre. Rebecca pasa de la manipulación psicológica a actos más directos y violentos, convencida de que cualquier persona cercana a Sara debe ser eliminada. La película integra estos giros sin rodeos, mostrando cómo la obsesión escala cuando pierde el control.
El relato se vuelve abiertamente amenazante cuando las acciones de Rebecca dejan de ser simples sabotajes. Accidentes provocados, agresiones y silencios cómplices convierten la residencia estudiantil en un espacio hostil. Sara, interpretada por Minka Kelly, comienza a entender que su compañera no solo necesita atención, sino que es capaz de matar para no ser abandonada. El miedo ya no es psicológico, es físico y constante.
El clímax obliga a Sara a dejar de huir y enfrentarse directamente a Rebecca. La confrontación final expone la fragilidad emocional de la antagonista, pero también su peligrosidad absoluta. La película no busca redimirla ni justificarla, sino mostrar el resultado extremo de una dependencia emocional no tratada. Sobrevivir implica romper definitivamente el vínculo, incluso cuando este se disfrazó de amistad.
Peligrosa compañía cierra con una sensación inquietante más que liberadora. Sara logra salvarse, pero la experiencia la deja marcada, consciente de que no todas las amenazas vienen de desconocidos. El film utiliza el thriller psicológico para advertir sobre los límites difusos entre cercanía y obsesión, recordando que la confianza, cuando se deposita en la persona equivocada, puede convertirse en el mayor peligro.