
Dirigida por Gil Kenan y estrenada con el título original Poltergeist en 2015, esta película es un remake moderno del clásico de 1982, reinterpretando la historia de una familia que se muda a una casa aparentemente normal, solo para descubrir que el lugar está habitado por fuerzas invisibles que buscan capturar a los vivos. La cinta conserva elementos clave del relato original, pero adapta la narrativa a un contexto contemporáneo donde la tecnología, la crisis económica y la fragilidad emocional familiar amplifican el impacto del horror. La premisa vuelve a centrarse en la desaparición de una niña dentro de otra dimensión y la lucha desesperada por recuperarla.
La familia Bowen se instala en una casa más pequeña debido a dificultades financieras, lo que añade un trasfondo emocional distinto al del original. Lejos de ser un hogar soñado, la vivienda es refugio temporal cargado de desgaste, frustración y expectativas cruzadas. Esta vulnerabilidad inicial abre espacio para que lo sobrenatural se infiltre con mayor facilidad, convirtiendo la casa en un territorio donde los miedos se amplifican en lugar de disiparse.
Madison, la hija menor, es la primera en percibir las presencias, comunicándose con ellas a través de objetos cotidianos y señales eléctricas. Su conexión no surge de curiosidad maliciosa, sino de sensibilidad emocional. Cuando la niña es arrastrada a una dimensión paralela, la historia adopta un tono urgente y desgarrador donde la familia debe enfrentarse a fuerzas desconocidas para traerla de vuelta. Su rol mantiene el corazón emocional del clásico, reforzando la vulnerabilidad de la infancia ante energías que los adultos no entienden.
El remake actualiza los símbolos icónicos del original, reemplazando el televisor analógico por pantallas modernas, sensores, cámaras y dispositivos digitales que amplifican la presencia espectral. La tecnología no es solo medio de comunicación con las entidades, sino observadora impotente de sucesos que no puede explicar. Esta reinterpretación convierte la comunicación paranormal en un fenómeno inmediato, visual y amenazante, manteniendo la esencia del terror sin copiarlo cuadro por cuadro.
A diferencia de la atmósfera sobrenatural sutil de la versión de 1982, esta entrega apuesta por sustos rápidos, criaturas visibles y escenas diseñadas para impacto inmediato. Los efectos especiales muestran figuras deformadas, miembros atrapados en portales y entidades que interactúan físicamente con los personajes. Aunque más espectacular, el terror sacrifica parte del misterio psicológico del original, inclinándose hacia una experiencia sensorial intensa y directa.
La historia también invoca el miedo a perder a un ser querido no por accidente físico, sino por fuerzas que destruyen la lógica del mundo. El secuestro espiritual de Madison funciona como metáfora de la impotencia parental ante situaciones que exceden protección racional. El filme explora culpa, negación y desesperación sin abandonar su estructura de cine comercial, lo que añade una dimensión emocional adicional al horror.
Poltergeist: Juegos diabólicos es ideal para quienes buscan terror sobrenatural con estética actual, efectos visuales intensos y un ritmo más veloz que el del clásico. Aunque no alcanza la profundidad atmosférica de la versión de 1982, aporta una mirada distinta sobre el mismo mito y actualiza su lenguaje para nuevas generaciones. Una obra que honra la idea original mientras intenta construir su propia identidad dentro del cine de casas embrujadas.