


















La casa del dragón es una serie que explora el poder no como un privilegio, sino como una condena hereditaria. Ambientada en una época de aparente estabilidad, la historia se centra en una familia que lo tiene todo y, aun así, está destinada a destruirse desde dentro. El trono no es solo un símbolo de autoridad, sino el origen de una guerra silenciosa que se gesta en miradas, decisiones políticas y heridas emocionales nunca sanadas.
A lo largo de la serie, el conflicto no nace únicamente de la ambición, sino del miedo a perder relevancia, amor y legitimidad. Los dragones representan una fuerza imparable, pero son los lazos familiares rotos los que empujan a la tragedia. La casa del dragón retrata cómo el poder absoluto corrompe incluso a quienes creen actuar por deber, mostrando que gobernar implica sacrificar partes de uno mismo.
Con un tono solemne y trágico, la serie construye un relato donde no existen decisiones limpias ni finales felices. Todo avance hacia el poder deja un rastro de pérdida, recordando que las guerras más crueles son aquellas que se libran entre sangre y apellido.