
Dirigida por Bernardo Bertolucci y estrenada en 1987 con el título original The Last Emperor… la película abre con la coronación del pequeño Pu Yi, arrancado de su familia para ocupar el Trono del Dragón dentro de la Ciudad Prohibida. Rodeado de sirvientes y rituales milenarios, el niño es tratado como una deidad, pero vive aislado del mundo real. Desde el inicio queda claro que su poder es simbólico: gobierna un imperio que ya se está desmoronando sin que él pueda comprenderlo.
Pu Yi crece entre muros dorados sin contacto verdadero con la vida exterior. Interpretado por John Lone en su etapa adulta, el emperador vive una infancia marcada por la soledad y la obediencia absoluta. Aunque posee todo materialmente, carece de libertad. Su educación occidental, impulsada por el tutor británico Reginald Johnston, interpretado por Peter O’Toole, le revela un mundo que nunca podrá tocar. El contraste entre privilegio y encierro define su identidad desde temprana edad.
La llegada de Wanrong, interpretada por Joan Chen, introduce una ilusión de normalidad. Su matrimonio busca humanizar al emperador, pero la relación está condenada por la rigidez del protocolo y la inmadurez emocional de Pu Yi. Wanrong cae lentamente en la desesperación y la adicción, mientras él permanece distante, incapaz de ofrecer afecto real. La película muestra esta unión como un intento fallido de construir intimidad dentro de una jaula dorada.
Con el avance del siglo XX, Pu Yi es expulsado de la Ciudad Prohibida y pierde oficialmente su título. Pasa de emperador absoluto a figura decorativa, y luego a pieza útil para los intereses japoneses en Manchuria. Acepta convertirse en gobernante títere, creyendo recuperar su antigua grandeza, pero solo profundiza su humillación. Bertolucci no disimula este descenso: el hombre que fue tratado como dios termina reducido a instrumento político sin voluntad propia.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Pu Yi es capturado por los comunistas chinos y enviado a un campo de reeducación. Allí, por primera vez, debe enfrentarse a sus acciones y asumir responsabilidad. El proceso es lento y doloroso, obligándolo a desmontar la identidad imperial que lo definió durante décadas. La película integra este tramo como un despojo total del ego, donde Pu Yi aprende tareas básicas y descubre lo que significa ser un ciudadano común.
El último emperador concluye con Pu Yi convertido en jardinero, caminando anónimo entre multitudes que desconocen su pasado. Ya no hay tronos ni ceremonias, solo una vida sencilla marcada por la memoria. Bertolucci cierra con una reflexión amarga y poética: el poder absoluto no garantiza sentido, y la historia puede convertir a un emperador en un hombre invisible. Es un final sereno y devastador que resume toda la tragedia de una vida vivida sin elección.