
Dirigida por James L. Brooks y estrenada en 2025 con el título original Ella McCay… la película se abre con un giro abrupto del destino político. En 2008, Ella McCay, vicegobernadora de un estado sin nombre, es empujada al cargo más alto cuando su mentor, el gobernador Bill Moore, acepta un puesto en el gabinete presidencial y renuncia de inmediato. Con apenas catorce meses por delante, Ella hereda una oficina, una agenda imposible y un partido que la mira con recelo por su estilo proactivo y discursos extensos. Desde el primer día, gobernar es menos un privilegio que una prueba de resistencia.
El inicio del mandato queda marcado por un intento de chantaje: un periodista amenaza con revelar que Ella usó un departamento desocupado bajo el edificio gubernamental para encuentros íntimos con su esposo Ryan durante la hora de almuerzo, algo que ella descubre después califica como uso indebido de propiedad pública. La presión mediática se mezcla con tensiones familiares cuando Ella se reencuentra con su padre Eddie, cuya infidelidad durante la enfermedad de su madre quebró a la familia. Brooks construye el conflicto con ironía amarga: el poder no protege de las vergüenzas privadas, solo las amplifica.
Ya investida, Ella se lanza a impulsar una ley para apoyar a madres nuevas y gestantes, convencida de que la política debe servir a la vida cotidiana. Pero el costo personal se acumula. Ryan se siente desplazado cuando ella omite agradecerle en un discurso largo y, poco después, confiesa haber filtrado el rumor del escándalo a la prensa. La traición íntima hiere tanto como la oposición partidaria. Entre reuniones y titulares, Ella aprende que la ética pública exige decisiones que rara vez son cómodas.
El frente familiar no ofrece refugio. Ella intenta recomponer lazos: confronta a Eddie por su falta de remordimiento y visita a su hermano Casey, aislado tras romper con Susan por miedo a no ser correspondido. Mientras Eddie y su nueva pareja invaden con mensajes, Ella empuja a Casey a salir de su encierro y arriesgarse de nuevo. En paralelo, Ella decide enfrentar el escándalo con transparencia en una conferencia de prensa, admite el error y ofrece restitución. El gesto no la salva, pero le devuelve algo de control.
Ryan redobla la apuesta: admite haber sobornado al periodista y exige un puesto en el staff a cambio de silencio y lealtad. Ella entiende entonces que el chantaje es la prueba definitiva de una relación rota. Al negarse, Ryan anuncia públicamente la separación y la acusa de intentar comprar el silencio. El partido presiona para que Ella renuncie o sea censurada; ella contraataca con la amenaza de competir como independiente y dividir votos. La ley se aprueba, pero a cambio de su salida anticipada del cargo.
Ella deja la gobernación apenas tres días después de asumir, sin aplausos ni victorias fáciles. La justicia alcanza a Ryan por extorsión, Casey recompone su vida y, lejos del palacio, Ella encuentra un propósito más efectivo: funda una organización sin fines de lucro que brinda asistencia legal a familias empobrecidas. Ella McCay: Imperfectamente perfecta cierra con una idea clara y honesta: el poder institucional es limitado, pero la vocación de servicio no depende de un cargo. A veces, hacer lo correcto exige renunciar para poder seguir haciendo el bien.