
Dirigida por Peter Cornwell y estrenada con el título original The Haunting in Connecticut en 2009, esta película de terror sobrenatural se inspira en supuestos hechos reales ocurridos a una familia que se muda a una casa con pasado perturbador. El traslado responde a una urgencia médica: el hijo adolescente del matrimonio debe someterse a un tratamiento oncológico en una ciudad cercana, y la nueva vivienda se convierte en refugio temporal. Sin embargo, lo que parecía una solución práctica expone al joven a visiones, voces y manifestaciones violentas que lo conectan con un pasado marcado por rituales, muerte y dolor. La película mezcla trauma familiar con terror espiritual, generando un ambiente asfixiante donde lo paranormal invade lo cotidiano.
El protagonista, debilitado por la enfermedad y los tratamientos agresivos, se vuelve especialmente sensible a presencias que el resto de la familia no percibe con claridad. Su fragilidad física y psicológica convierte las visiones en tormento interno, pero también en vínculo con un daño antiguo que permanece atrapado en la casa. La historia sugiere que el sufrimiento humano puede actuar como catalizador para energías que buscan liberarse o manifestarse a través de quienes no pueden defenderse.
La vivienda no es solo escenario, sino lugar con historia macabra: antiguamente funcionó como funeraria donde se practicaron procedimientos que dejaron huellas tanto físicas como espirituales. La película profundiza en el pasado del lugar a través de flashbacks y revelaciones que conectan las visiones del protagonista con jóvenes que sufrieron muertes dolorosas, marcadas por explotación y manipulación. El horror no surge de simples apariciones, sino de almas atrapadas entre sufrimiento y silencio.
La dirección apuesta por imágenes tenues, sombras persistentes y espacios claustrofóbicos que transmiten sensación de encierro. Los pasillos estrechos, puertas entreabiertas y habitaciones sin luz amplifican la tensión psicológica. Los sustos se construyen mediante sonidos, visiones abruptas y apariciones fugaces que golpean la mente del protagonista. Más que acción frenética, la película propone terror que avanza desde el interior hacia afuera, utilizando el estado emocional del personaje para generar empatía y miedo simultáneamente.
La familia intenta explicar los sucesos desde la enfermedad, el estrés y la tensión emocional, lo que genera conflictividad interna. La madre lucha por mantener estabilidad, el padre se quiebra bajo la presión económica y el protagonista sufre entre la lucidez y el delirio. Esta ambivalencia permite que el terror opere en dos planos: el de la casa que reclama justicia y el de la mente que intenta resistir el colapso. La película evita respuestas sencillas y muestra cómo el dolor físico puede superponerse a lo paranormal hasta volverlo indistinguible.
El desenlace propone que enfrentar el pasado es la única manera de romper el ciclo. La lucha no se basa en destruir a los espíritus, sino en revelar la verdad, liberar memorias ocultas y permitir que las almas atormentadas encuentren descanso. Este enfoque da cierre emocional al conflicto y convierte la experiencia en reflexión sobre duelo, justicia y memoria colectiva. La Victoria no es contundente, pero sí catártica.
Extrañas apariciones es ideal para quienes buscan terror basado en casas embrujadas con trasfondo emocional y un enfoque más dramático que sensacionalista. Su fortaleza radica en la dualidad entre lo físico y lo espiritual, junto con el peso real del sufrimiento humano. Una película inquietante que recuerda que los lugares guardan memoria, y a veces esa memoria exige ser escuchada.