
Dirigida por Greg Berlanti y estrenada en 2024 con el título original Fly Me to the Moon, esta película se sumerge en los años sesenta, en plena carrera espacial, para narrar una historia donde el glamour, la propaganda y el idealismo se entrelazan con el amor y la vulnerabilidad. Con una ambientación histórica cuidada, un trasfondo político-mediático y una mezcla de humor, drama y romance, la cinta pone al espectador frente a una versión alternativa del alunizaje del Apolo 11: no solo como logro técnico, sino como espectáculo emocional y social.
“La otra cara de la luna” retrata una NASA que busca más que conquistar el espacio: busca recuperar la fe del pueblo estadounidense tras tragedias y dudas. En ese contexto, la imagen pública se convierte en un arma tan importante como los cohetes. La película pone en tensión la distancia entre la ciencia, la verdad y la necesidad de contar una historia lo suficientemente atractiva para un país que necesita esperanza. Esa urgencia contextual genera un trasfondo tenso, donde cada decisión de marketing, cada anuncio o cada cobertura mediática puede cambiar la percepción pública… y el destino de una misión histórica.
La protagonista, Kelly Jones, es una experta en marketing y publicidad con un don para vender sueños —incluso cuando la realidad tiembla. La película la presenta como una mujer ambiciosa, creativa y decidida, pero también vulnerable ante las presiones de su entorno: lograr que el mundo crea en algo que aún no existe. Su arco emocional gira en torno a esa dualidad: por un lado la seducción del éxito y del aplauso; por otro, el peso de la mentira, las dudas éticas y la responsabilidad de moldear la verdad. En ella convergen ingenio, inseguridad y humanidad.
El romance entre Kelly y Cole —director de lanzamiento— no es una simple historia de amor: es un choque de valores. Ella representa la persuasión, la mirada pública y la ilusión; él encarna la ciencia, la verdad y la integridad. Esa tensión se convierte en el motor emocional del filme, generando conflictos intensos, dilemas éticos y momentos de honestidad brutal. A medida que se conocen, sus diferencias se convierten en fuerzas que los atraen y, al mismo tiempo, los enfrentan a sus propias convicciones.
La ambientación de los años sesenta —con sus oficinas, trajes, cohetes y cámaras— aporta un aire clásico, romántico y casi melancólico. Al mismo tiempo, la película juega con la idea del espectáculo: reconstrucciones de misiones, escenarios elegantes, marketing sofisticado, luces y prensa. Esa combinación de realismo histórico con cierta teatralidad refuerza la idea de que quizá la luna no se pisó solo con astronautas, sino también con palabras, promesas y publicidad. La estética sirve para recordarnos que muchas veces la imagen vale tanto como la verdad.
El desenlace ofrece un balance entre esperanza y desasosiego: la misión puede triunfar, los aplausos pueden llegar, pero el costo emocional y moral persiste. “La otra cara de la luna” no cierra sus preguntas: deja en el aire la delgada línea entre lo que se hizo por gloria y lo que se vendió por miedo; entre lo que fue real y lo que se fabricó para ser creído. Al salir de la sala, el espectador no solo recuerda cohetes o besos bajo la luna —recuerda dudas, ambivalencias, sueños rotos y la fuerza de creer, aún cuando la verdad se tambalea.