
Dirigida por Mukunda Michael Dewil y estrenada en 2024 con el título original Prey, esta película mezcla tensión, naturaleza salvaje y un drama de supervivencia brutal, donde un accidente no es el peor de los peligros: lo realmente amenazante acecha bajo cielos abiertos y entre fieras. Desde su inicio, el filme planta al espectador en un mundo donde huir significa enfrentarse —no sólo al entorno— sino a los propios miedos, decisiones y lealtades quebradizas.
El contexto salvaje no es un fondo decorativo: el paisaje árido, la inmensidad del desierto, la soledad de la sabana, todo contribuye a hacer de la naturaleza un juez implacable. Cada plano abierto recuerda lo pequeños que somos frente a la inmensidad; cada amanecer trae esperanza, pero también incertidumbre, y la noche convierte cada sombra en una amenaza. La película usa ese contraste entre amplitud y vulnerabilidad para sumergirnos en un mundo donde la libertad se convierte en un sinónimo de riesgo constante.
Los supervivientes no solo luchan por mantenerse con vida: luchan contra la paranoia, la culpa y el miedo a los demás. Las relaciones se tensan, los desencuentros emergen, y cada decisión —quedarse o huir, ayudar o protegerse— pesa como una condena. El instinto de supervivencia puede deformar la moral, y eso crea una atmósfera de tensión insoportable, donde la confianza es un lujo que pocos pueden permitirse. En ese contexto, cada duda, cada mirada esquiva, cada silencio significa algo profundo.
Más allá del choque aéreo y la caída, la amenaza verdadera es primitiva: leones, hienas, la fauna salvaje que gobierna la sabana. Esa presencia constante de lo salvaje añade un horror ancestral, crudo, despiadado. Los rugidos lejanos, la mirada en la penumbra, la certeza de que cualquier paso puede significar muerte —todo convierte la lucha por sobrevivir en un ritual brutal. Aquí la vulnerabilidad humana se mide frente a instintos más antiguos que el miedo mismo.
La narrativa no da respiro: hay momentos de calma engañosa, escenas de esperanza y rescate, seguidos de ataques inesperados, traiciones y decisiones imposibles. Ese vaivén emocional mantiene al espectador en alerta, pendiente del próximo giro, sin poder bajar la guardia. El montaje juega con silencios tan potentes como los rugidos, alternando tensión psicológica con horror visceral. Cada escena funciona como un latido acelerado, anunciando que lo peor puede estar a un susurro de distancia.
“Presa” no es solo una historia de supervivencia frente a la selva o el miedo: es un espejo que refleja la fragilidad del ser humano cuando todo se reduce a sobrevivir. Esa condición extrema revela lo más oscuro y primitivo: culpa, egoísmo, miedo, valentía. Las circunstancias pueden destrozar valores, lealtades, sueños. Ver a los personajes detenerse a preguntarse qué estarían dispuestos a sacrificar por sobrevivir pone al espectador frente a sus propios dilemas morales. Es un recordatorio doloroso de que, cuando la línea entre la vida y la muerte es tan delgada, la humanidad puede quebrarse.
Al terminar la película, lo que queda no es una sensación de victoria sino de sobrevivencia; no un cierre confortable sino una herida abierta. “Presa” no busca consuelo: deja cicatrices emocionales, dudas, el peso del instinto de supervivencia sobre cada personaje, y por extensión, sobre nosotros. Es una obra cruda, salvaje, incómoda —y en esa incomodidad reside su fuerza: porque nos fuerza a mirar de frente al miedo, al instinto, a lo que somos capaces de hacer cuando todo se desmorona. Una experiencia perturbadora y poderosa que no olvidas tan fácilmente.