
Dirigida por Seth MacFarlane y estrenada con el título original A Million Ways to Die in the West, esta película de 2014 combina comedia absurda, sátira y estética del viejo oeste. La historia se desarrolla en un pueblo lleno de violencia, enfermedades y peligros ridículos, donde la muerte es un suceso cotidiano. MacFarlane interpreta a Albert, un pastor de ovejas inseguro que debe enfrentar desafíos románticos y físicos en un entorno hostil que parece empeñado en destruirlo. La cinta mezcla humor moderno con un contexto histórico paródico para crear un contraste cómico constante.
Albert es un hombre común que no encaja en el espíritu violento del lejano oeste: odia las armas, evita peleas y prefiere discutir antes que disparar. Tras ser abandonado por su novia, intenta recuperar su autoestima mientras lidia con la dureza del entorno y con la sensación permanente de que todo a su alrededor puede matarlo. Su falta de habilidades heroicas se convierte en el motor de la comedia, ya que se enfrenta a un mundo hecho para sobrevivientes rudos y no para pacifistas frustrados.
La vida de Albert cambia cuando conoce a Anna, una mujer misteriosa que llega al pueblo y comienza a apoyarlo emocionalmente mientras lo entrena para defenderse. Su relación está marcada por complicidad y humor, pero también por una tensión emocional que evoluciona más allá de la amistad. Anna impulsa a Albert a enfrentar sus miedos y a cuestionarse qué tipo de persona quiere ser en un lugar donde la muerte está siempre a un disparo de distancia.
El conflicto central surge con la llegada de Clinch Leatherwood, un forajido despiadado y temido en todo el oeste, que además resulta ser el esposo de Anna. Su presencia convierte el viaje de autodescubrimiento de Albert en una batalla ineludible, obligándolo a enfrentarse a peligros que siempre trató de evitar. La amenaza de Clinch introduce tensión real dentro de la comedia, equilibrando humor absurdo con riesgo dramático.
La película utiliza lenguaje directo, bromas físicas, exageraciones visuales y referencias culturales modernas para burlarse de la tradición cinematográfica del género. En lugar de presentar el viejo oeste como un lugar romántico, lo retrata como un ambiente brutal e insalubre donde cada situación puede terminar en tragedia absurda. El humor juega con clichés del western, desde duelos hasta bares polvorientos, pero siempre con un tono irreverente.
Aunque prioriza la comedia, la película conserva paisajes amplios, música western y ambientación propia del género, integrando producción cuidada con chistes que rompen la solemnidad típica del lejano oeste. Este contraste crea una experiencia visual que respeta la forma, pero no el tono, logrando una identidad híbrida entre homenaje y parodia.
Pueblo chico, pistola grande es una propuesta desenfadada que apuesta por la risa fácil, el absurdo y la crítica humorística más que por una narrativa profunda. Es ideal para espectadores que disfrutan del humor provocador y autoconsciente, y para quienes buscan ver el western desde una perspectiva divertida y no tradicional. Una película pensada para entretener sin pretensiones y reírse de la muerte… incluso cuando acecha detrás de cada cactus.