
Dirigida por Pier Paolo Pasolini y estrenada con el título original Salò o le 120 giornate di Sodoma en 1975, esta película italiana adapta de manera libre la obra del Marqués de Sade trasladándola al periodo final de la República de Saló durante la Segunda Guerra Mundial. La cinta transforma la perversión sexual del texto original en una metáfora política sobre la deshumanización, la pérdida de identidad y el abuso sistemático del poder. Más que una obra erótica, es un manifiesto cinematográfico que utiliza escenas extremas para denunciar cómo el fascismo convierte cuerpos y vidas en objetos descartables.
La película sitúa a un grupo de adolescentes secuestrados por autoridades fascistas en una mansión aislada, donde son sometidos a humillaciones, violencia física y degradación ritualizada. Los gobernantes no son individuos con perversión privada, sino representantes del Estado que ejercen autoridad sin límites. El horror no proviene de actos individuales, sino de la institucionalización del abuso como herramienta de control. Cada escena funciona como alegoría de cómo el poder político reduce al ser humano a materia manipulable.
Aunque su base literaria es una obra asociada al sadismo sexual, la película elimina cualquier atisbo de sensualidad o incentivo erótico. Las escenas de tortura, degradación y sometimiento aparecen filmadas con tono frío, distante y casi documental. Pasolini no busca excitar ni provocar morbo, sino incomodar y confrontar al espectador con la destrucción total del deseo y la dignidad. La obra convierte el cuerpo en campo político donde el poder se ejerce hasta borrar identidad y subjetividad.
El estilo visual utiliza encuadres geométricos, movimientos lentos y una puesta en escena casi teatral. La distancia emocional de la cámara evita el sensacionalismo y subraya la impersonalidad del horror. La mansión funciona como prisión simbólica donde no existe escapatoria, mientras la música y el diseño visual contrastan belleza formal con actos atroces, generando tensión ética y estética. La estructura narrativa se divide en círculos, aludiendo al infierno dantesco.
Pasolini plantea que la sociedad capitalista y autoritaria no solo controla cuerpos, sino deseos, lenguaje y subjetividad. El filme critica cómo el poder absoluto destruye empatía, convierte placer en herramienta de opresión y transforma a víctimas y victimarios en roles sin humanidad. La película sugiere que la verdadera violencia no es física, sino la reducción del ser humano a objeto sin voluntad. La obra actúa como advertencia sobre sistemas políticos que moldean al individuo como mercancía o instrumento.
Desde su estreno, la cinta fue prohibida, censurada y debatida en numerosos países debido a su contenido extremo. Sin embargo, su polémica no proviene solo de imágenes explícitas, sino de la intención intelectual de utilizar lo abyecto como argumento político. La película se convirtió en obra de culto dentro del cine radical, el ensayo político y el análisis sociocultural, generando discusiones sobre límites éticos del arte y el papel del cine como herramienta de denuncia.
Saló o los 120 días de Sodoma es ideal para espectadores interesados en cine político extremo, obras que cuestionan la moral social y análisis filosóficos sobre opresión y autoridad. No es entretenimiento ni erotismo, sino un espejo oscuro que revela hasta dónde puede llegar la crueldad cuando el poder actúa sin resistencia. Una obra dura, incómoda y decisiva que sigue siendo objeto de estudio por su radicalidad estética y su impacto cultural.