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Lo inquietante de Black Mirror no es la máquina, sino el ser humano que la usa. Cada historia muestra cómo una herramienta “útil” puede deformar una relación, un duelo, una identidad o una sociedad completa. La necesidad de control, la adicción a la validación y la indiferencia ante el dolor ajeno se amplifican cuando el sistema lo vuelve rentable, viral o “normal”.
Con un tono frío y provocador, la serie no intenta tranquilizar al espectador. Al contrario: lo deja con la sensación de que el monstruo no vive dentro del dispositivo, sino en la forma en que elegimos mirar, callar y seguir deslizando la pantalla.